Me puse nostálgico estos últimos días y removí mis primeros discos. El por qué de mi amor incondicional al rock and roll se llama Oasis y, más en concreto, Noel Gallagher. Somos cientos de miles los que sentimos la llamada de todo esto gracias a semejante cejijunto, y, aunque hayamos avanzado en nuestros gustos, a mí no me cuesta admitir que siempre serán los primeros en mi corazón. De hecho, creo que Noel podría sacar un disco de techno-rumba y aparecer en los videoclips rodeado de tías buenas bailándole, que aún así intentaría justificarlo.
Ahora las cosas han cambiado mucho. Ya en las últimas giras se notaba el cansancio de un grupo que, probablemente, murió por su miedo a innovar; a buscar lo que -seguro- aún albergaban de talento. Quizá la decisión de Noel de dejar el grupo fuera lo más maduro por su parte. Personalmente deseo que vuelva con algo pronto, pero sobre Oasis, seguro que hizo lo correcto. Aquello se convertía en un vicio malo y cada vez más profundo.
Sea como fuere, hoy recuerdo la época más brillante de este glorioso grupo con un ejemplo muy claro: Noel jamás fue precisamente un guitarrista técnicamente superior; nada más lejos de la realidad. De hecho, cualquiera que toque la guitarra y haya intentado imitarle, enseguida se habrá dado cuenta de por dónde va siempre. Pero, la verdad... ¿a quién le importa eso? En este vídeo (seis minutos extra al final de "Champagne Supernova" durante la gira del "Be Here Now", en 1998) lo que verdaderamente importa es ver las ganas que tenían de comerse el mundo. Cómo con un nivel técnico mediocre, Noel se lanza a conquistar el mundo con un sólo de guitarra enorme. Más bueno, más malo, más bonito, más feo. Pero lo hacía.
Si esuviste allí en aquella época, realmente estuviste en la cresta de la ola viendo a un grupo que, le pese a quien le pese, ha mantenido en muchas generaciones la ilusión por empezar a tocar la guitarra.
I want to be the bluebird. Singing, singing to the roses in the yard
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jueves, 6 de enero de 2011
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Versionar no es cambiar la voz: Wonderwall
Esta versión que Ryan Adams tiene sobre seguramente la banda sonora oficial de los noventa no es ningua pieza oculta, ninguna novedad o joya escondida. La verdad es que sé incluso de alguno que ha conocido este tema por la versión antes que por la grabación original.
Ryan Adams y Noel Gallagher son buenos amigos (además, el primero ha teloneado a Oasis por EEUU en alguna ocasión y compartido escenario), y no es ésta la única vez que Ryan ha tocado una canción de Noel (pero sí grabarla). La idea original del grupo de Manchester (aunque en realidad ahí sólo funcionaba la cabeza de Noel) es una pieza melódicamente perfecta y con mucha frescura, diríamos que casi es pop en estado puro y duro de lo rápido y fácil que entra. Se mire por donde se mire, en cualquier caso, una obra maestra que ha dejado huella literalmente en las generaciones que crecieron musicalmente en esa década, y que hoy en día sigue enamorando a muchos aficionados a la música.
La versión de Ryan Adams es tan buena porque ha sido capaz de hacer que la canción suene totalmente diferente sin que, por ello, pierda uno sólo de los matices que hacen de ella lo que venimos diciendo: un himno.
El de Carolina del Norte le da la vuelta a la idea original y trabaja para ella desde una visión más íntima y pausada. Cambia el tempo, se elimina la batería, el bajo sólo entra a mitad de canción, y la melodía vocal introduce matices nuevos desde el primer verso.
Pienso que, guste o no guste la canción, la versión es de lo mejor que he escuchado jamás. Una clase maestra sobre cómo ver algo ya escrito desde una óptica completamente distinta sin quitarle ni un mínimo de calidad ni redundar en la obra original.
Ryan Adams y Noel Gallagher son buenos amigos (además, el primero ha teloneado a Oasis por EEUU en alguna ocasión y compartido escenario), y no es ésta la única vez que Ryan ha tocado una canción de Noel (pero sí grabarla). La idea original del grupo de Manchester (aunque en realidad ahí sólo funcionaba la cabeza de Noel) es una pieza melódicamente perfecta y con mucha frescura, diríamos que casi es pop en estado puro y duro de lo rápido y fácil que entra. Se mire por donde se mire, en cualquier caso, una obra maestra que ha dejado huella literalmente en las generaciones que crecieron musicalmente en esa década, y que hoy en día sigue enamorando a muchos aficionados a la música.
La versión de Ryan Adams es tan buena porque ha sido capaz de hacer que la canción suene totalmente diferente sin que, por ello, pierda uno sólo de los matices que hacen de ella lo que venimos diciendo: un himno.
El de Carolina del Norte le da la vuelta a la idea original y trabaja para ella desde una visión más íntima y pausada. Cambia el tempo, se elimina la batería, el bajo sólo entra a mitad de canción, y la melodía vocal introduce matices nuevos desde el primer verso.
Pienso que, guste o no guste la canción, la versión es de lo mejor que he escuchado jamás. Una clase maestra sobre cómo ver algo ya escrito desde una óptica completamente distinta sin quitarle ni un mínimo de calidad ni redundar en la obra original.
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