I want to be the bluebird. Singing, singing to the roses in the yard

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Versionar no es cambiar la voz: Wonderwall

Esta versión que Ryan Adams tiene sobre seguramente la banda sonora oficial de los noventa no es ningua pieza oculta, ninguna novedad o joya escondida. La verdad es que sé incluso de alguno que ha conocido este tema por la versión antes que por la grabación original.

Ryan Adams y Noel Gallagher son buenos amigos (además, el primero ha teloneado a Oasis por EEUU en alguna ocasión y compartido escenario), y no es ésta la única vez que Ryan ha tocado una canción de Noel (pero sí grabarla). La idea original del grupo de Manchester (aunque en realidad ahí sólo funcionaba la cabeza de Noel) es una pieza melódicamente perfecta y con mucha frescura, diríamos que casi es pop en estado puro y duro de lo rápido y fácil que entra. Se mire por donde se mire, en cualquier caso, una obra maestra que ha dejado huella literalmente en las generaciones que crecieron musicalmente en esa década, y que hoy en día sigue enamorando a muchos aficionados a la música.

La versión de Ryan Adams es tan buena porque ha sido capaz de hacer que la canción suene totalmente diferente sin que, por ello, pierda uno sólo de los matices que hacen de ella lo que venimos diciendo: un himno.

El de Carolina del Norte le da la vuelta a la idea original y trabaja para ella desde una visión más íntima y pausada. Cambia el tempo, se elimina la batería, el bajo sólo entra a mitad de canción, y la melodía vocal introduce matices nuevos desde el primer verso.

Pienso que, guste o no guste la canción, la versión es de lo mejor que he escuchado jamás. Una clase maestra sobre cómo ver algo ya escrito desde una óptica completamente distinta sin quitarle ni un mínimo de calidad ni redundar en la obra original.



lunes, 29 de noviembre de 2010

DISCO SEMANAL #5: Gold (Ryan Adams)

Trabajador incansable, creador nato, y enamorado de la música, Ryan Adams es uno de los artistas más prolíficos que Estados Unidos ha sacado a la luz en la última década y media. En la carretera desde los quince años, Ryan formó parte de Whiskeytown (grupo de culto del estilo conocido como "americana"), ha sacado discos con The Cardinals (de ahí su gran relación con Neal Casal, a quien a su vez ha ayudado en algunas grabaciones y directos), y bajo su simple nombre.

Nacido en Jacksonville (Carolina del Norte), se convirtió poco a poco en la gran esperanza norteamericana para todo. Su ascendente carrera y la calidad de sus grabaciones alimentaron el deseo de que fuera el próximo salvador de la música del país: del blues, del country, del rock and roll, y de lo que hiciera falta. Seguramente esto ha pesado mucho en su carrera a posteriori, y mucha gente se ha quedado pensando "¿y ya está?". Que suceda esto es normal si se inflan las expectativas en vez de dejar que el artista nos vaya mostrando su trabajo poco a poco, con el paso de los años y según madure. Parecía que Ryan Adams tenía que haber cambiado el curso de la historia del rock antes de los treinta años, y eso no era justo.

Ahora bien, al escuchar sus discos, y sobre todo algunos como del que hoy hablo, uno entiende que efectivamente Ryan era (es) una estrella mucho más brillante que las del resto del firmamento actual.

Según sus propias palabras, en "Gold" (2001) quería "hacer un clásico contemporáneo". En este disco vuelca todos sus esfuerzos en forma de country, blues, y rock, para realizar finalmente un trabajo tan contundente como genial para nuestros oídos. El inicio de guitarra acústica y el ritmo trepidante de "New York, New York" (adoptada por los neoyorkinos como himno generacional tras el 11-S), la alegre melodía de "Firecracker", la sobriedad y belleza de "La Cienaga Just Smiled", las grandiosas "The Rescue Blues" y "When the stars go blue"... y sumamos (como mínimo) a esta lista de imprescindiples de este disco "Sylvia Plath" y el blues desgarrado de "Enemy Fire". Todas deliciosas.

La distribución del disco no estuvo ausente de polémica: Ryan pretendía lanzar el trabajo en dos discos, pero su discográfica (Lost Highway Records) se negaba a ello puesto que tendría que pagarle en concepto de dos entregas en lugar de una, de modo que juntó todas las canciones en un sólo compacto y el resto (cinco) fueron a parar a un EP llamado "Side Four" (la cuarta cara de un LP). Se hizo una tirada limitada de tan sólo quinientas copias con todas las canciones.

Hace meses que Ryan lleva tomándose un descanso puesto que entre apariciones en directo, colaboraciones, y sus numerosas grabaciones de los últimos años, afirmó estar cansado y tener la voluntad de parar su música por un tiempo. Pero no vemos la hora de que vuelva.

"Gold" es un disco imprescindible en la estantería de cualquier amante de la música. Una reunión de enormes canciones que, al final, hace que el tiempo pase muy rápido cuando se escucha.